22.7.12

Dalí



Yo se que él no estaba loco



Yo se que él no estaba loco

Imagen serena y poco habitual del pintor, más allá de montajes y posturas. La fotografía fue tomada en Port Lligat (Cadaqués), probablemente a principios de los años 70, Dalí aparece relajado y, en apariencia, ignorante de la cámara. Algo rarísimo en él, ya que su exhibicionismo formaba parte de una fachada pública que cultivó toda su vida.


FINALES DEL VERANO DE 1974
 Estamos en uno de los cafés de la Rambla de Figueres. Es mediodía y no hay casi nadie: un par de lugareños, un jovencito barcelonés que ha hecho un alto en el camino hacia Cadaqués..., y Salvador Dalí, acompañado de su secretario, a la sazón Enric Sabater. El pintor lleva su emblemática barretina roja, sus zapatillas de cordones y su barroco bastón, pero, por lo demás, nadie diría que es el Dalí que escandaliza a dos continentes con sus excentricidades. Se está tomando un café y un agua y habla en voz baja y mesurada, con gesto serio, como quien está tratando asuntos que no se prestan a demasiadas bromas.



EL ESPECTÁCULO

Dalí hace caso omiso de todos los presentes, como si considerase que no son merecedores de brindarles un espectáculo. Al cabo de un momento, aparece frente al café una furgoneta de televisión y el panorama cambia por completo. Dalí parece repentinamente poseído por un extraño frenesí. Sus pupilas se dilatan, su rostro se contrae, el bastón se convierte en un metafórico florete con el cual hace fintas a un adversario invisible. Su voz, hasta hace un momento inaudible, aumenta de volumen y se hace sincopada y llena de eses silbantes. El pintor se lanza a un discurso "cósssmico" en el que, naturalmente, aparecerá su teoría de que la estación de Perpiñán "esss el ssssentro del universso". Los del equipo de televisión están encantados. Dalí les está ofreciendo lo que han venido a buscar: fotogenia, citas citables, excentricidad y un punto de sinrazón. Responde por completo a su fama de loco genial o de genio loco, que tanto da.

Diez minutos más tarde, cuando las cámaras y los micrófonos ya no están, Dalí se relaja, esboza una media sonrisita y vuelve a ser el apacible figuerense que toma un café en un bar de su ciudad natal. El jovencito barcelonés que ha sido fortuito testigo de la escena, y que dentro de poco comenzará sus estudios de periodismo, reflexiona divertido sobre lo que acaba de ver, sin sospechar que ése ha sido tan sólo el primer atisbo de la falsa locura, concienzudamente interpretada, de Salvador Dalí.
¿Estaba loco Dalí? La pregunta ha persistido hasta ahora, cuando se cumplen diez años del fallecimiento del artista, pero, en realidad, ha sido siempre una no-pregunta. Para emplear una paráfrasis de una de las ironías dalinianas más certeras y conocidas, es como si el pintor hubiese afirmado "Picasso está loco. Yo tampoco". La supuesta locura de Salvador Dalí era en realidad una habilísima forma de apoyar la imagen de marca que le mantuvo durante décadas en el candelero del mundo del arte y de la escena de la alta sociedad internacional.



EXCÉNTRICO

Era, a todas luces, una locura controlada, porque Dalí podía abandonarse a todo tipo de excentricidades o desvaríos verbales, pero jamás perdió el norte a la hora de vender sus cuadros o de conseguir la atención y el favor de los mecenas y los poderosos. Un ejemplo emblemático de esa habilidad para la autopromoción y las relaciones públicas en la que Dalí fue maestro décadas antes que artistas famosos por ella, como Andy Warhol, fue su primera visita a Nueva York, adonde llegó por vía marítima el 14 de noviembre de 1934. Le precedía la repercusión de sus obras en diversas exposiciones en la ciudad de los rascacielos. Gracias a ella y, sobre todo, a su amistad con la multimillonaria Caresse Crosby, The New York Times publicó una entrevista con el pintor español al día siguiente. Para la ocasión, Dalí se rodeó de una escenografía indudablemente provocadora. Recibió al periodista tocado con un gorro frigio del que pendía una pequeña lámpara y sentado sobre una balanza que había hecho colocar sobre una mesa. Sobre la repisa de la chimenea de la habitación, puso varias barras de pan de dos metros de longitud y una gran bandera de color azul sobre la que había pintado en color negro una calavera, una llave, una hoja de árbol, un zapato de mujer y la palabra "Dalí" en grandes letras. La escenografía era enloquecidamente surrealista, pero Dalí sabía perfectamente lo que significaba producir buena impresión en el Times, de modo que mostró con toda seriedad sus cuadros al entrevistador y respondió a sus preguntas no ya con coherencia, sino incluso con brillantez. Por ejemplo, acerca del surrealismo dijo que "como los sueños, nos libera de las convenciones. Lo que Freud ha explicado con conceptos y palabras, el surrealismo lo explica a través de imágenes liberadas de la convención de la razón".



EXHIBICIONISTA

Salvador Dalí fue un gran egomaníaco y un gran exhibicionista. Si su egolatría era totalmente verídica -él mismo confesó que, aparte de a sí mismo, sólo amaba a su esposa Gala y al dinero-, su exhibicionismo formaba parte de una fachada pública que dedicó toda una vida a cultivar con mimo. Un auténtico enajenado no hubiera tenido nunca el sentido de la oportunidad que Dalí, influido y espoleado por el materialismo de Gala, desplegó en todo momento. Por ejemplo, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando toda Norteamérica se hallaba fascinada por la energía atómica, Dalí, que había pintado hacía poco su Leda Atómica, realizó una gira por distintas ciudades de Estados Unidos en la que dio conferencias sobre "la mística de la energía nuclear" a mil dólares por aparición y con todos los gastos pagados.

Por la misma época, cuando quiso volver a nuestro país tras casi diez años de ausencia, alguien le dijo que para residir sin problemas en la España de Franco le sería muy útil realizar una profesión de fe católica. En 1949, Gala y él fueron recibidos por el Papa Pío XII, al que regalaron una de las dos telas dalinianas sobre el tema de La Madonna de Port Lligat, una imagen de Gala trasmutada en virgen, inspirada en el cuadro de Piero della Francesca La virgen y el niño con ángeles y santos.



MATRIMONIO

En la misma audiencia, los Dalí solicitaron del Pontífice permiso para casarse por la Iglesia, algo muy difícil en esos tiempos, pues Paul Eluard, el primer marido de Gala, estaba todavía vivo y no había causa viable de nulidad.

Sin embargo, de alguna manera, el pintor y su musa conseguirían su propósito: el 8 de agosto de 1958, Gala y Dalí contrajeron matrimonio canónico en el santuario gerundense de la Mare de Déu dels Àngels. Los buenos oficios del régimen franquista y los contactos vaticanos del entonces secretario del pintor, el capitán John Peter Moore, dieron por fin el resultado apetecido. El amor de Gala y Dalí, caracterizado por una total dependencia, ha dado también lugar a especulaciones sobre la cordura del pintor, pero la rareza de sus vínculos no significa que éstos estuvieran al margen de la razón. Una anécdota reveladora demuestra que Dalí no perdía la cabeza ni siquiera por Gala. Al recibir en París la visita del científico checo Dennis Gabor, inventor de la técnica holográfica, Dalí le dijo: "Me gustaría hacer un holograma de Gala, romperlo en mil pedazos y comérmelo para sentirme lleno de ella, como en la comunión". "No le aconsejo que lo haga", respondió Gabor, "pues la emulsión que se utiliza para hacer hologramas es altamente tóxica". Dalí cambió de conversación rápidamente.
Hay dos periodos de la vida del pintor en los que puede hablarse de fuerte depresión o de apatía existencial, ya que no de locura. El primero corresponde a finales de los años 70 e inicios de los 80, cuando tanto Dalí como Gala experimentaron un súbito envejecimiento, al que se añadió un ataque de miedo a ser secuestrados después de recibir amenazas tras la muerte de Franco.
Por entonces, tanto Gala como Salvador Dalí tenían también un miedo tan cerval como infundado a quedarse en la miseria. Comenzaron los rumores: Dalí ya no pintaba, tenía el mal de Párkinson, estaba semiparalizado... Esa fase terminó en agosto de 1981, con la visita a Cadaqués de los Reyes de España. La imagen de Dalí besando la mano de Doña Sofía mientras Don Juan Carlos les sostenía a él y a Gala dio la vuelta al mundo. Dalí, ciertamente, estaba viejo, pero no paralítico ni senil. Además, aún pintaba: les regaló a sus regios visitantes un cuadro pintado a finales de 1980.
El segundo periodo de oscuridad fue mucho más grave y mucho más largo. Sucedió tras la muerte de Gala, acaecida el 10 de junio de 1982 después de una larga agonía. Dalí pasó más de dos años encerrado en el castillo de Púbol, donde no había entrado jamás en vida de Gala, y parecía que deseaba dejarse morir. Fue un largo calvario de tinieblas para el pintor, que terminó con un accidente que pudo costarle la vida: un cortocircuito en un interruptor que utilizaba constantemente para reclamar la atención de sus cuidadores provocó un incendio en el que Dalí sufrió graves quemaduras. Era el mes de agosto de 1984. Paradójicamente, la inmediatez de la muerte devolvió a Salvador Dalí las ganas de vivir y la cordura. Viviría aún cinco años, hasta el 23 de enero de 1989, siempre en la Torre Galatea de Figueres, junto al museo que lleva su nombre.



¿LOCURA?

Pese a que circulaban todo tipo de rumores sobre su estado mental, lo cierto es que volvió a pintar, a escuchar música y a tomarles el pelo a sus ocasionales visitantes, como en los mejores tiempos.

Su amigo y director del Museo Dalí, el pintor de Cadaqués Antoni Pitxot, su chófer y mayordomo y las enfermeras que le cuidaban, entrevistados en su momento por este periodista, el mismo que 15 años antes había presenciado por vez primera la metamorfosis del Dalí íntimo en el Dalí espectáculo, fueron categóricos: Dalí se pasó la vida haciéndose el loco, pero en los momentos previos a su muerte estaba completamente cuerdo...